Abril 18, 2021

31. Los sacramentos



La vinculación con Dios por parte del ser humano, como hemos dicho en esta serie en diversidad de sus episodios, tiene por origen el sacrificio y resurrección de Cristo.

Es la crucifixión de Jesús y su muerte la que termina con la parte de humillación de la segunda persona de la Trinidad. El Hijo, quien también es conocido como el Cristo, el Mesías, o Jesucristo, lleva a cabo una función determinante en la reconciliación de Dios con el ser humano. Destaco que la reconciliación es de Dios con el ser humano y no al revés. El ser humano no tiene manera de buscar la tal reconciliación y menos aún el interés de hacerlo. Todo es iniciativa del amor de Dios para conseguir la paz que nosotros necesitamos en nuestra vida.

Dios tiene la iniciativa invaluable de acercarnos a él por su gracia. En episodios anteriores hemos tocado estos temas con un poco más de desarrollo, te invito a escucharlos.

La gracia de Dios entonces es el motor que provoca el perdón y la restauración. Cuando somos perdonados se restablece la relación perdida. Se “re establece”. Esta acción consigue que volvamos a la intención divina del principio.

En el momento de la creación, Dios tiene diseñada una identidad preciosa para su más amada creación. Esta identidad, les acerca al grado de disfrutarse mutuamente, sus características son expuestas en la misma figura de Jesús. Es Jesús el arquetipo general del ser humano. Es el modelo perfecto de lo que seremos en el momento de restablecer nuestra relación con Dios. Siendo así, las palabras de Jesús, sus decisiones, sus hechos, sus pensamientos son recogidos por sus seguidores para convertirlos en parte de ellos. Sin querer, estamos armando, como en un rompecabezas, la imagen máxima del ser humano restaurado y entonces se nos va revelando la identidad original del ser humano delante de su Dios.

Dios nos trata como a hijos, y nos adopta como miembros de su familia santa. Somos convocados a pertenecer a esa familia, se nos invita a participar de la mesa, se nos llama a la convivencia y al poder ejercido. Se nos provee de lo necesario para participar de manera activa en lo que se conoce como cristianismo.

Es el cristianismo esta secuencia de características que nos hace únicos al respecto de nuestra fe en Jesús como salvador, maestro y Señor. Se llama cristianismo porque los seguidores, los discípulos, los aprendices, están claros de que no existe ninguna otra vinculación con Dios que Jesucristo. Nadie más. Esta es la razón por la que muchas veces discutimos acerca de quiénes deberían ser llamados cristianos y la más pura lógica nos dice que solo aquellos que tienen a Cristo por Señor, que le veneran y le sirven, que siguen sus mandatos y le yerguen templos y altares en alabanza a su nombre. Y no a sus conocidos, como Pedro, Juan, Pablo o María. Estos tendrían que ser llamados Juanianos, Pablistas o Marianos, según el caso y eso no es lo que habla la Biblia sino cosas como esta:

(1 Timoteo 2:5)

Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre,

6 el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo.

Habiendo aclarado este punto, podemos entrar en materia. ¿Qué son los sacramentos? ¿De dónde vienen? ¿Cuántos son?

Capítulo 1. La identidad llama

En poco tiempo te has dado cuenta de que la identidad de Cristo es extremadamente relevante en todo el asunto espiritual derivado de la Biblia. Toda la Biblia habla de él. Él es su protagonista y si Dios lo permite será el protagonista también de nuestra vida.

Date cuenta que Jesús, fue llamado hijo de Dios, como nosotros somos convocados a hacerlo:

Romanos 8:14-15

14 Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.

15 Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!

Abba Padre, es una manera tierna de llamar a papá, sería algo como papacito, o papi. Nota en énfasis de esta enseñanza al respecto ser hijo de Dios. Ya no solo Jesús es hijo sino aquéllos que han sido restaurados en su vida a través del perdón de pecados por medio del crucificado y su resurrección.

Viene una pregunta, sabemos que Dios tiene claro cuáles son sus hijo e hijas y cuáles no, puesto que conoce el corazón. Y nosotros, ¿cómo podremos saberlo?

Es una estupenda pregunta. La manera es fácil de entender, para hacerlo podemos utilizar un símil. Hagamos el siguiente ejercicio, plantearé la siguiente pregunta: ¿cómo sabemos que alguien es mexicano?

Uso México, porque soy mexicano, pero si nos escuchas en otro país, haz el ejercicio con tu propia nación.

En primer lugar diríamos no con muy poca profundidad que sabemos que alguien es mexicano porque es amable y guapo. El problema es que quizá haya una señorita amable y guapa que no sea mexicana sino guatemalteca o venezolana. Así que la idea de un gesto o sus características físicas no nos ayudan a definir este asunto.

Se nos ocurre que por comer chile o mucha grasa en la deliciosa comida mexicana sin enfermarse, se nos puede llamar mexicanos. Conocí a un estadounidense, gringo, como solemos llamarles los paisanos, que comía mucho más picante que cualquier mexicano, también decía más groserías que todos y se sabía mil y un canciones populares del mariachi.

Claro, ni el comer ni el beber, ni hablar ni ser juguetón, es la característica de identidad primaria de un mexicano. Necesitamos algo más, algo que no deje lugar a duda, que no sea repetible y que sea el máximo diferenciador.

Capítulo 2. Nacimos aquí

¡Claro! Muchos tienen en su mano el acta de nacimiento. Esta acta de nacimiento es el documento estrella que da testimonio de que alguien nació en territorio mexicano. El territorio está perfectamente definido en las leyes internacionales. Así, quien nazca en tierra que pertenezca a México, será llamado mexicano sin lugar a dudas.

Los cristianos nacimos en Cristo. Esto es una figura obviamente, pero es importante que nacer en Cristo implica obligatoriamente que no se nació en otro sitio. Si bien Cristo no es un sitio, él mismo nos hace ver como recién nacidos, como nuevas criaturas, como personas que mueren a su vida anterior y ahora nacen en este “territorio divino” con características bien delimitadas que nos apartan del mundo y nos dan esta nueva identidad.

(2 Corintios 5:17)

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.

Esto lo dice el apóstol Pablo para explicar mejor este fenómeno espiritual. Pero Jesús habla de él de una manera mucho más contundente. La escritura lo narra así:

Juan 3

1 Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos.

2 Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él.

3 Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.

4 Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?

5 Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.

6 Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.

Nicodemo, no entiende fácilmente este concepto, es un concepto espiritual que nos permite dejar de ser ciudadanos de este mundo corrompido por el pecado para nacer de nuevo en una nación santa representada por Jesús. No es que dejemos de ser mexicanos, pero sí dejamos de ser pecadores (esclavos del pecado pues), para pasar a una nueva identidad en santidad. Nota lo que dice el versículo 5

5 Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.

¿A qué se referirá con esto de nacer de agua? Lo tendremos que explicar en los siguientes episodios.

Capítulo 3. Pertenecemos a aquí

La otra cosa que nos permite saber que estamos ante un mexicano es la manera que tiene de comportarse frente a sus símbolos patrios. Frente a la bandera, que le simboliza su pertenencia a esta nación, frente a su himno nacional que le hace rodar lágrimas de alegría y satisfacción, ante el escudo patrio que es la representación del origen de la nación. Estos símbolos generan unidad.

Son el recordatorio perfecto para ensanchar el pecho en gran satisfacción por el hecho de pertenecer a México y sólo a México. Veo que hay ejemplos de gente con dos nacionalidades y que han sido adoptados en alguna de ellas y a la otra pertenecen de manera legal, sin embargo, es seguro de que los símbolos de la nación que ama serán los que llenen su pecho de orgullo y alegría.

¿Todo esto qué tiene que ver con los sacramentos? ¡Todo! Los sacramentos son símbolos de la identidad cristiana. Son la manera que tenemos de reconocernos unos a otros como pertenecientes al mismo Señor. Son la manera de establecer con claridad que no hay nadie que estorbe nuestra relación entre hermanos, al contrario, será la manera de fomentar una comunión profunda y honesta.

Son los sacramentos la forma que tiene nuestra identidad en el pensamiento interno y externo de la iglesia. Por eso son tan relevantes. Algunas iglesias abundaron en estos símbolos y los formaron para hacerlos mandatorios, obligatorios y extremadamente rígidos. Para los miembros de un país, es hermoso escuchar su himno nacional, o ver izar la bandera en algún triunfo deportivo... Así y más deberían ser disfrutados los sacramentos de Cristo.

Cristo instituyó dos sacramentos. Muchas iglesias tienen más del triple, pero eso es como hablar de otros tantos elementos que te definen como mexicano, pero que también definen a un salvadoreño. Así que ahí no hay diferenciación. Son dos los que verdaderamente funcionan como diferenciadores: el bautismo en agua y la santa cena. La práctica de estos dos sacramentos establecen una identidad cristiana y la falta de alguno de ellos pues te separa de la misma.

Cristo practicó ambos para poner el ejemplo. Así que esos dos son los realmente necesarios para entendernos como hijos e hijas de Dios.

Por ejemplo, Jesús no se casó, ¿puede haber un sacramento que sea el matrimonio? No, porque entonces Cristo estaría fuera de la identidad como hijo de Dios. O bien, Jesús tampoco confesó sus pecados jamás, porque no cometió pecado alguno, ¿puede entonces la confesión ser parte de los sacramentos? No, puesto que esto dejaría a Cristo fuera de la identidad como hijo de Dios.

Los hijos e hijas de Dios participamos de dos sacramentos que no dan identidad, que nos recuerdan nuestra restauración como hijos de Dios a través de Cristo, su sacrificio y su resurrección. Esto genera pertenencia y nos permite decir con el corazón en la mano y con tanto, tanto amor: Abba, Padre... esto es: querido Padre.